EL CIENTÍFICO SIN FÓRMULAS

No existen fórmulas para entenderlo todo, pero lo seguimos intentando con ciencia, curiosidad e imaginación.

Os traigo historias de ciencia porque sigo intentando entender. ¿Lo queréis intentar conmigo?

El Científico sin Fórmulas

A aquel niño las matemáticas nunca se le dieron especialmente bien. Además, tenía la impetuosa y fastidiosa costumbre de llevar la contraria a todo el mundo. La conjunción de ambas cosas llevó al chico a convertirse en un científico sin fórmulas puesto que, pese a los consejos de sus profesores, decidió estudiar ciencias. Aquella persona era yo, y me alegro de haber tomado ese camino.

Y es que el conocimiento científico resulta apasionante y representa uno de los mayores hitos de la carrera del ser humano como especie: la ciencia nos ha permitido viajar en el espacio-utilizando cohetes de hidrógeno hemos enviado a astronautas a la luna- y en el tiempo -mediante isótopos de carbono hemos puesto fecha a restos humanos enterrados durante milenios en el hielo. Disponemos de fórmulas para calcular el tiempo de vida de una estrella o la presión que Supermán debería aplicar sobre un trozo de carbón para convertirlo en un diamante.

Como científico sin fórmulas me sumerjo en los secretos de la física, pero también en los del amor, el sexo, el miedo, la soledad, la creatividad, el éxito, la educación o el futuro, de una forma diferente: entendiendo el mundo sin entender de fórmulas

Sin embargo, la compleja realidad de los seres humanos, así como de otros seres vivos, no puede explicarse con simples fórmulas. La atracción física entre dos personas, así como los lazos emocionales que les unen, por ejemplo, no puede medirse ni ser calculados mediante ecuaciones del mismo tipo de las que describen la fuerza entre dos partículas. Por tanto, para entender el amor, pero también muchas otras facetas de nuestras vidas, necesitamos sumar los resultados de muchas áreas del conocimiento, desde la química, la física y las neurociencias, sin olvidarnos nunca de dos ingredientes indispensable: la imaginación y el pensamiento crítico.

Durante este viaje alucinante, conozco también a investigadores que me llevan al nanomundo, a astronautas que me cuentan cuál es la mayor amenaza del planeta, a científicos que mueven cuerpos con la mente y a exploradores del tiempo y de nuestra evolución. También descubro que la ciencia puede ser sexy, y que se pueden construir naves espaciales que no vuelan, que los pulpos podrían algún día conquistar el mundo y el espacio, o que desmontar terapias alternativas te puede llevar a enfrentarte a un príncipe. Y muchas cosas más que os traigo en mi formato favorito: historias de ciencia.

Todo ello con un único objetivo: tratar de entender el mundo sin entender de fórmulas.

¿Lo queréis intentar conmigo?

 

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